jueves, 15 de noviembre de 2012

De barrios, trenes y otras entretenciones para inadaptados

Vine a San Antonio por razones laborales, por así decirlo. La universidad donde enseño en New Orleans me postuló para una beca, y entre todas las posibilidades me decidí por una institución pequeña, Trinity University, muy prestigiosa por la calidad de la enseñanza y muy rica, pues tiene reservas por casi mil millones de dólares. Si bien depende de los ingresos por matrícula para operar—como ocurre con casi todas las universidades privadas en los Estados Unidos—lo cierto es que Trinity goza de un cómodo margen para embarcarse en nuevas aventuras académicas, resistir los embates de la economía y, en general, ser independiente. Mi amiga Leti Gomez, con quien trabajo en un proyecto sobre activismo latino LGBT, generosamente me ofreció la casa de la familia, o más bien la de los padres, ambos ya fallecidos. Está ubicada en el Sudoeste de la ciudad, cerca de Fredericksburg Road, uno de esos ejes que corta barrios antiguos en dos mitades y sienta las bases de las diferencias. De hecho, podría pensarse que Fredericksburg Road está constituido por varias partes. La primera va de la autopista I-10 hasta la esquina de North Culebra, donde hay una pequeña zona industrial y de servicios. Luego sigue lo que se llama el Deco District—donde varios edificios viejos esperan aún ser remodelados para recuperar su esplendor, y uno puede cortarse el pelo con una señora que ve UNIVISION todo el día, o comprarse un helado de agua o aprender artes marciales con un instructor bilingüe. Más allá empieza una larga sección de comercio de clase media baja, donde los lugares de comida rápida tradicionales compiten con una infinidad de taquerías y restaurantes de nombre hispano. Los restaurantes tienen nombre en español, o una combinación de inglés y español, y algunos se identifican por la región gastronómica que representan. Muchos de ellos, sin embargo, están en edificios oscuros, con ventanas protegidas por barrotes y luces de neón que les dan un aire a lo Edward Hopper. También hay un llamativo número de moteles de paso, de esos que en las películas se encuentran en el medio de la nada. Pasada la intersección con la autopista cuatrocientos diez, Fredericksburg se transforma en área residencial de clase media alta y de edificios modernos. Mi barrio está delimitado también por Culebra Road, donde hay una iglesia enorme, una farmacia donde la música de fondo siempre es en español, y una cantidad intrigante de tiendas de empeño. Entre más se acerca uno a Culebra, más pobre se vuelve el barrio y se ve más gente en la calle que al otro lado, cerca del Deco District. Hay varios negocios que parecen languidecer al sol, aunque con excepciones: un taller mecánico, una panadería mexicana y lo que en mis tiempos se llamaba un quebrador de maíz—un lugar donde venden masa, tortillas y tamales. Se mezclan casas de todo tipo, desde las de estilo español—mis preferidas—hasta las más tradicionales con porche y escalerita de tres peldaños. No podría decirse que sean grandes, pero sí que están en lotes magníficos, con amplio espacio al frente y patio trasero. Casi todas las manzanas tienen callejones justo en el medio, por donde pasa el camión de la basura dos veces por semana. Me atrevería a decir que mi barrio es realmente un cruce de caminos y de épocas, marcadamente hispano, a veces moderno y a veces antiguo. Han llegado a tocar a mi puerta mujeres con Biblia en mano, dispuestas a compartir la Buena Nueva aunque yo no la quiera oír. Han aparecido carpinteros y jardineros ofreciendo sus servicios, y he encontrado tarjetas de presentación o mensajes manuscritos, pues alguien ha visto que la casa donde vivo necesita reparaciones y esa persona me dice, de puño y letra, que me puede resolver el problema por un módico precio. Pero la ciudad del siglo XXI está ahí mismo. La representa como nada el ruido que produce la autopista I-10, ese rumor constante y monótono que no para nunca, ni siquiera a altas horas de la madrugada. Su opuesto sería la casa donde vivo, pues en ella los objetos van contando la historia familiar. Uno recorre las habitaciones y encuentra pinturas de los padres y de los niños, fotografías de adolescentes vestidos a la moda los setentas y fotos más antiguas todavía, de esas de estudio que luego se retocaban con colores pastel. Quizás el padre de mi amiga fue veterano de guerra. Su madre, definitivamente, se involucró en los sesentas en el activismo de LULAC—The League of United Latin American Citizens—, una organización que ha luchado por los derechos civiles de los Latinos desde 1929. Hay pocos libros en la casa, pero muchos discos. Es fácil darse cuenta que Lo que el viento se llevó tuvo su espacio de culto casi al mismo nivel que el Espíritu Santo. La Virgen de Guadalupe, sin embargo, está ausente. No sé cuándo murió la mamá de mi amiga, pero todavía llega publicidad a su nombre y a menudo llaman preguntando por ella. Cuando contesto el teléfono no sé que decir, así que miento: She is not in. Do you want to leave a message? Nadie lo hace, así que supongo que todo será telemarketing, pues la respuesta usual es I call her later. Hasta el momento nadie me ha preguntado cuándo la señora estará de regreso. A veces voy a un centro comercial en la cercanías. Tiene una hermosa fuente a la entrada, pero por dentro luce desgastado y muy vacío. Hay unas enormes tiendas de saldos, un cine, unos restaurantes que cierran temprano. En una de mis visitas me llamó la atención un rótulo que anunciaba una exhibición de trenes eléctricos. En un local dos tipos con aspecto de hippies viejos—barba canosa, pelo largo arreglado en una cola, barriga cervecera—habían construido un enorme paisaje por el que circulaban varios trenes, incluyendo uno de pasajeros y dos de carga. Cada uno seguía una ruta particular. El de pasajeros paraba en dos pueblos y en una intersección que recordaba un suburbio del noroeste. Los de carga circulaban por un paisaje más rural, decorado con árboles una mina y un río. En mi niñez los grandes almacenes en Costa Rica atraían a los clientes con esos mundos artificiales, en los que el ferrocarril era el símbolo de progreso por excelencia. Yo siempre quise tener muchas locomotoras y vagones, y soñaba con una habitación donde iría construyendo ciudades, estaciones, cruces de camino y mis propios bosques. Nunca ocurrió así, y más bien los trenes eléctricos fueron desapareciendo de los escaparates. No hace mucho hablaba del tema con un amigo de adolescencia. Él me explicaba que las nuevas generaciones no tenían interés por ese tipo de entretenimiento. Un gozo tan contemplativo como ver circular un tren de juguete estaba totalmente desfasado con respecto a las emociones que proporcionaban los videojuegos. Todo aquello que fuera armar y desarmar se había convertido en culto minoritario. Por esa razón, me impactó mucho encontrarme ante el símbolo de un proyecto anhelado en mi niñez. Más aún lo hizo ver que quienes lo habían llevado a cabo eran personas con las que no podría relacionarme, a pesar de que los hippies apenas eran unos diez años mayores que yo. De ahí pasé al edificio, luego al barrio y luego a San Antonio como tal, esta ciudad tan vieja, tan mexicana y arrebata por el expansionismo americano del siglo XIX. No voy a admitir ninguna nostalgia, pues la experiencia ha sido distinta—además que hace unos años decidí que la nostalgia era un mal pernicioso que debía evitarse a toda costa. Creo más bien que el barrio y San Antonio mismo son muestras de cómo la resistencia cultural permea las épocas y los cambios de la (pos)modernidad. Me he encontrado en un ambiente que me resulta familiar, pero que no tiene posibilidad real de ser parte de mi historia, pues entre esos espacios, esos objetos, esas personas y yo hay una insalvable distancia y un tiempo inaprensible. Comprendo más bien que ante mí se halla una metáfora de la vida: un paisaje inexistente, un viaje que tarde o temprano te lleva al punto de partida, y una fuerza motora omnipresente pero antigua y debilitada, patética en sus misterios, profundamente solitaria en la inmensidad de un cuarto de paredes desnudas, con el discreto ruido de un tren al fondo.

1 comentario:

Luis Antonio Sáez Pérez dijo...

Dan ganas de recorrer esa calle que serpentea tanto, y tomar un cafe en tu hogar que tiene tantos fantasmas familiares. No sé si estoy en la introducción de una peli en la que la voz en off me cuenta lo que no sé ver, o si leo a un geógrafo urbano que sabe de verdad analizar las ciudades y sus gentes. Pero bueno, me gusta mucho leerte.

Me gustaría mucho pasear por San Antonio, con esas mezclas que matizas tan bien, y tener un cicerone como tú.

Abrazos,

L.A.